domingo, 4 de agosto de 2013

145 La apoteosis de Heracles

a. Después de haber consagrado altares de mármol y un bosquecillo sagrado a su padre Zeus en el promontorio de Cenca, Heracles preparaba un sacrificio de acción de gracias por la toma de Ecalia. Ya había enviado a Licas para que pidiese a Deyanira una bella camisa y un manto como los que usaba regularmente en esas ocasiones.

b. Deyanira, cómodamente instalada en Traquis, estaba ya resignada a la costumbre de Heracles de tomar amantes, y cuando reconoció a Yole como la última de ellas sintió compasión más bien que resentimiento por la belleza fatal que había causado la ruina de Ecalia. Sin embargo, ¿no era intolerable que Heracles esperase que ella y Yole viviesen juntas bajo el mismo techo? Como ya no era joven, Deyanira decidió utilizar el supuesto talismán amoroso de Neso como un medio para conservar el afecto de su esposo. Le había tejido una camisa nueva para los sacrificios por si volvía a salvo, y a escondidas abrió el tarro, empapó un pedazo de lana en la mezcla y frotó con él la camisa. Cuando llegó Licas metió la camisa en un cofre, lo cerró y se lo entregó diciendo: «Por ningún motivo expongas la túnica a la luz o el calor hasta que Heracles esté a punto de ponérsela para el sacrificio.» Licas había partido ya a toda velocidad en su carro cuando Deyanira, mirando casualmente el trozo de lana que había arrojado al patio iluminado por la luz del sol, se quedó horrorizada al ver que ardía como serrín y que en las losas se formaban ampollas de espuma roja. Dándose cuenta de que Neso le había engañado, envió a toda prisa un correo para que hiciera volver a Licas y, maldiciendo su desatino, juró que si Heracles moría ella no le sobreviviría

c. El correo llegó demasiado tarde al promontorio de Cenca. Heracles se había puesto ya la camisa y sacrificado doce toros inmaculados como la primicias de su botín: en conjunto había llevado al altar una vacada mixta de cien cabezas. Vertía vino con una escudilla en los altares y arrojaba incienso en las llamas cuando de pronto gritó como si le hubiera mordido una serpiente. El calor había derretido el veneno de la Hidra en la sangre de Neso y se extendió por todos los miembros de
Heracles, corroyéndole la carne. Pronto el dolor se hizo insoportable y rugiendo de angustia derribó los dos altares. Trató de arrancarse la camisa, pero se le había pegado de tal modo que salía la carne con ella y dejaba los huesos al descubierto. Su sangre silbaba y burbujeaba como el agua de manantial cuando se templa el metal candente. Se arrojó de cabeza en la corriente más próxima, pero el veneno le quemaba todavía más; y desde entonces las aguas escaldan y se las llama Termopilas, que quiere decir «pasaje caliente».

d. Recorriendo la montaña y arrancando los árboles a su paso, Heracles encontró al aterrado Licas agazapado en el hueco de una roca, con las manos entrelazadas en las rodillas. Licas trató en vano de disculparse; Heracles lo asió, le hizo girar tres veces alrededor de su cabeza y lo arrojó al mar Eubeo. Allí se transformó en una roca de aspecto humano que se proyecta a corta distancia sobre el agua y a la que los marineros siguen llamando Licas y temen pisar, pues la creen sensible. El ejército, que observaba desde lejos, se lamentaba ruidosamente, pero nadie se atrevía a acercarse hasta que, retorciéndose de angustia, Heracles llamó a Hilo y le pidió que lo llevara de allí para morir en soledad. Hilo lo llevó al pie del monte Eta en Traquis (región famosa por su eléboro blanco), pues el Oráculo de Delfos ya había señalado ese lugar a Licimio y a Yolao como el escenario destinado para la muerte de su amigo.

e. Horrorizada al saberlo, Deyanira se ahorcó, o, según dicen algunos, se hirió con una espada en su lecho matrimonial. El único pensamiento de Heracles había sido castigarla antes de morir, pero cuando Hilo le aseguró que Deyanira era inocente, como lo probó su suicidio, suspiró su perdón y manifestó el deseo de que Alcmena y todos sus hijos se reunieran para escuchar sus últimas palabras. Pero Alcmena se hallaba en Tirinto con algunos de sus hijos y la mayoría de los otros se habían establecido en Tebas. En consecuencia, sólo pudo revelar la profecía de Zeus, ahora cumplida, a Hilo: «Ningún hombre vivo podrá matar nunca a Heracles; un enemigo muerto será su ruina.» Hilo le pidió instrucciones y Heracles le dijo: «Jura por la cabeza de Zeus que me llevarás a la cima más alta de esta montaña, y allí me quemarás, sin lamentaciones, en una pira de ramas de encina y troncos de acebuche. Jura también que te casarás con Yole tan pronto como llegues a la mayoría de edad.» Aunque escandalizado por estos pedidos, Hilo prometió cumplirlos.

f. Cuando todo estuvo preparado, Yolao y sus compañeros se retiraron a una breve distancia, mientras Heracles subía a la pira y ordenaba que la encendiesen. Pero nadie se atrevía a obedecerle, hasta que un pastor eolio llamado Peante que pasaba por allí ordenó a Filoctetes, su hijo con Demonasa, que hiciera lo que pedía Heracles. En agradecimiento, Heracles legó a Filoctetes su aljaba, arco y flechas, y cuando las llamas comenzaron a lamer la pira extendió su piel de león en la plataforma formada en la cima y se tendió, con la clava como almohada, con un aspecto tan feliz como el de un huésped enguirnaldado rodeado por copas de vino. Del cielo cayeron rayos que inmediatamente redujeron la pira a cenizas.

g. En el Olimpo Zeus se felicitó de que su hijo favorito se hubiera conducido tan noblemente. «La parte inmortal de Heracles —anunció— está a salvo de la muerte y pronto lo recibiré en esta región bendita. Pero si aquí a alguien le aflige su divinización, tan merecida, ese dios o diosa debe aprobarla, no obstante, ¡les guste o no!» Todos los olímpicos asintieron y Hera decidió aguantar el insulto, que estaba claramente dirigido a ella, porque ya había dispuesto castigar a Filoctetes por su acción bondadosa haciendo que le mordiera una víbora lemnia.

h. Los rayos habían consumido la parte mortal de Heracles. Ya no tenía parecido alguno con Alcmena, sino que, como una serpiente que ha mudado su piel, aparecía con toda la majestad de su padre divino. Una nube lo ocultó a la vista de sus compañeros, mientras, entre truenos, Zeus lo transportaba en su carro de cuatro caballos al cielo, donde Atenea lo tomó de la mano y lo presentó solemnemente a los otros dioses.

i. Ahora bien, Zeus había destinado a Heracles para que fuera uno de los Doce Olímpicos, pero estaba poco dispuesto a expulsar a alguno de los otros dioses para hacerle lugar. En consecuencia, convenció a Hera para que adoptara a Heracles mediante una ceremonia de renacimiento: a saber, acostándose, simulando que estaba de parto y sacándolo luego de debajo de su túnica, que es la adopción ritual que se realiza todavía en muchas tribus bárbaras. En adelante Hera consideró a Heracles como su hijo y fue al que más amó después de Zeus. Todos los inmortales lo acogieron de buen grado y Hera le casó con su bella hija Hebe, con la que tuvo a Alexiares y Aniceto. Y en verdad Heracles había conquistado el sincero agradecimiento de Hera en la rebelión de los Gigantes al matar a Pronomo cuando trataba de violarla.

j. Heracles se convirtió en el portero del cielo y nunca se cansa de permanecer en las puertas del Olimpo, hacia el anochecer, esperando a que Artemis vuelva de la cacería. La recibe alegremente, y levanta los montones de presas de su carro, frunciendo el ceño y sacundiendo un dedo en gesto de desaprobación cuando encuentra sólo cabras y liebres inofensivas. «Mata jabalíes —le dice— que pisotean las mieses y acuchillan los árboles de los huertos; ¡mata toros y leones y lobos que dan muerte a los hombres! ¿Pero qué daño nos han hecho las cabras y las liebres?» Luego desuella los cuerpos y come vorazmente los bocados predilectos que se le antojan. Sin embargo, mientras el Heracles inmortal banquetea en la mesa divina su fantasma mortal se pasea por el Tártaro entre los muertos temblorosos, con el arco tenso y la flecha ajustada en la cuerda. Del hombro le cuelga un tahalí de oro aterradoramente adornado con leones, osos, jabalíes y escenas de batalla y matanza

k . Cuando Yolao y sus compeñeros volvieron a Traquis, Menecio, hijo de Actor, sacrificó un carnero, un toro y un jabalí a Heracles e instituyó su culto de héroe en la Opus locria; los tebanos no tardaron en imitarle, pero los atenienses, encabezados por los habitantes de Maratón, fueron los primeros que le adoraron como un dios, y toda la humanidad sigue ahora su glorioso ejemplo. Festo, el hijo de Heracles, encontró que los siciones ofrecían a su padre ritos de héroe, pero insistió en hacerle sacrificios como un dios. Hasta el presente, por tanto, los habitantes de Sición, después de matar un cordero y de quemar sus muslos en el altar de Heracles como dios, dedican parte de su carne a Heracles como héroe. En Eta le adoran con el nombre de Cornopión porque ahuyentó a las langostas que estaban a punto de posarse en la ciudad; pero los jonios de Eritrea le adoran como Heracles Ipóctono, porque destruyó los ipes, que eran gusanos que roían las cepas en casi todas las otras regiones.

l. Una imagen tiria de Heracles que ahora se halla en el templo de Eritrea se dice que representa a Heracles Dáctilo. Se la encontró flotando en una balsa en el Mar Jónico frente al Cabo Mésate, exactamente a mitad de camino entre el puerto de Eritrea y la isla de Quíos. Los eritreos por un lado y los de Quíos por el otro hicieron todos los esfuerzos posible para llevar la balsa a su costa, pero sin conseguirlo. Por fin un pescador eritreo llamado Formio, que había perdido la vista, soñó que las mujeres de Eritrea debían hacer una cuerda con sus trenzas cortadas y con ella podrían los hombres remolcar la balsa a su costa. Las mujeres de un clan tracio que se había establecido en Eritrea consintieron y la balsa fue remolcada a la costa; y sólo a sus descendientes se les permite ahora entrar en el templo donde se conserva la cuerda. Formio recobró la vista y la conservó hasta que murió.

1.      Antes de sacrificar y de inmortalizar así al rey sagrado —como Calipso prometió inmortalizar a Odiseo (véase 170. w)— la Reina tenía que despojarlo de sus ropas e insignias reales. Qué flagelaciones y mutilaciones sufría hasta que lo ponían en la pira para hacerle inmortal no se indica aquí, pero las ilustraciones de las que parece haberse deducido este relato lo mostraban probablemente ensangrentado y en agonía mientras luchaba por ponerse la blanca camisa de lino que lo consagraba a la diosa Muerte.

2.      Una tradición según la cual Heracles murió en el promontorio de Cenca ha sido puesta de acuerdo con otra según la cual murió en el monte Etá, donde inscripciones y estatuillas primitivas muestran que el rey sagrado siguió siendo quemado en efigie durante siglos después de haber sido quemado personalmente. La de encina es la madera apropiada para la hoguera del solsticio estival; el acebuche es la madera del Año Nuevo, cuando el rey inicia su reinado expulsando a los espíritus del año viejo. Peante, o Filoctetes, que encendió la pira, es el heredero y sucesor del rey; hereda sus armas y su lecho —así debe ser interpretado el casamiento de Yole con Hilo— y muere a consecuencia de una mordedura de serpiente al final del año.

3.      Anteriormente Heracles había ido al Paraíso Occidental de las Hespérides; o al castillo de plata, la Corona Boreal, detrás del Viento Norte, leyenda que Píndaro ha incluido incomprensiblemente en un breve relato del tercer trabajo (véase I25. k ). Su admisión en el Cielo Olímpico —donde, no obstante, no consiguió un asiento entre los doce, como consiguió Dioniso (véase 27.5)— es una concepción posterior. Puede basarse en una mala interpretación de la misma ilustración sagrada que explica el casamiento de Peleo y Tetis (véase 81.1-5), el llamado rapto de Ganimedes (véase 29.1) y el armamento de Heracles (véase 123.1). Esta ilustración mostraría a Atenea, o Hebe, la joven reina y prometida, presentando al rey a doce testigos del casamiento sagrado, cada uno representante de un clan de una confederación religiosa o de un mes del año sagrado; él ha renacido ritualmente de una yegua o (como aquí) de una mujer. Heracles figura como un portero celestial porque murió en el solsticio estival: el año es comparado con una puerta de roble que giraba sobre un gozne, se abría de par en par en el solsticio estival y luego se iba cerrando poco a poco a medida que se acortaban los días (Diosa Blanca, p. 233). Lo que le impidió llegar a ser un olímpico completo parece haber sido la autoridad de Homero: la Odisea recuerda la presencia de su sombra en el Tártaro.

4.      Si la estatua de Heracles en Eritrea era de origen tirio, la cuerda del templo tuvo que ser tejida, no con cabello de mujeres, sino con el cabello cortado al rey sagrado antes de su muerte en el solsticio hiemal, como Dalila cortó el de Sansón, un héroe solar tirio. Un héroe solar análogo había sido sacrificado por las mujeres tracias que adoptaron su culto (véase 28.2). La estatua probablemente fue remolcada en una balsa para evitar la consagración de una nave mercante y su consiguiente retiro del comercio. «Ipóctono» puede haber sido una variante local del título más habitual de Heracles, «Ofióctono», «matador de serpientes». Su renovación mediante la muerte «como una serpiente que muda su piel» era una metáfora tomada del Libro de los muertos egipcios; se creía que las serpientes aplazaban la vejez mudando la piel, pues «piel» y «vejez» se llaman igualmente geros en griego (véase 160.11). Sube al cielo en un carro tirado por cuatro caballos como héroe solar y patrono de los Juegos Olímpicos; cada caballo representa a uno de los cuatro años que transcurren entre los juegos, o una estación de un año dividido en equinoccios y solsticios. Una imagen cuadrada del sol, adorada como Heracles Salvador, se alzaba en el recinto de la Gran Diosa en Megalópolis (Pausanias: viii. 31.4); era probablemente un altar antiguo, como varios bloques cuadrados hallados en el palacio de Cnosos y otro encontrado en el Patio Occidental del palacio de Festo.

5.      Hebe, la prometida de Heracles, quizá no sea la diosa como Joven, sino una divinidad mencionada en los Himnos órficos, 48 y 49, como Hipta, la madre Tierra, a la que fue entregado Dioniso en custodia. Proclo dice (Contra Timeo ii.1240) que lo llevó sobre la cabeza en un cesto para aventar. Hipta está asociada con Zeus Sabacio (véase 27.3) en dos inscripciones primitivas de Meonia, entonces habitada por una tribu lidofrigia; y el profesor  Kretschmer la ha identificado con la diosa mitania Hepa, Hepit o Hebe, mencionada en los textos de Boghazkoi y al parecer llevada a Meonia desde Tracia. Si Heracles se casó con esta Hebe, el mito se refiere al Heracles que realizó grandes hazañas en Frigia (véase 131.a), Misia (véase 131.e) y Lidia (véase 136.a-f); puede ser identificado con Zeus Sabacio. Hipta era muy conocida en todo el Medio Oriente. Una talla en una roca de Hattusas, en Licaunia (véase 13.2) la muestra montada en un  león, a punto de celebrar un casamiento sagrado con el dios de la Tormenta hitita. Allí se la llama Hepatu, palabra hurrita según se dice, y el profesor B. Hrozny (Civilization of tbe Hitites and Subareans, cap. XV) la iguala con Hawwa, «la Madre de Todo lo Viviente», que aparece en el Génesis ii como Eva. Hrozny menciona al príncipe cananeo de Jerusalén, Abdihepa; y Adán, que se casó con Eva, era un héroe tutelar de Jerusalén (Jerónimo: Comentario sobre los Efesios v.15).



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